Cristian Acevedo

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Matilde decide vivir

Matilde debe morir 2
Matilde decide vivir

Preste mucha atención, querido lector.
Hablemos de magia. Específicamente del tercer y último acto de la prestidigitación: el prestigio (del latín praestigium: engaño, truco, artimaña).
Luego de haber desaparecido al conejo, después de haber cortado en tres partes a la asistente, el Prestigio exige que el conejo vuelva; el tercer acto también debe traer de vuelta a la asistente, que deberá estar sana y salva, y sonreír frente al público ahora sí extremadamente fascinado.
Lo que leerá a continuación forma parte —o procura hacerlo— de la literatura y de la magia. Al llegar al final, usted habrá sido testigo de un acto de prestidigitación. ¿Podrá evitarlo? Tal vez. En ciertas oportunidades, uno logra ver las cartas bajo la manga del prestidigitador, los hilos del ilusionista. Sólo que eso ocurre muy pocas veces. Si esa es su intención, deje este libro donde estaba y escoja otro. Está en todo su derecho. Ya estamos grandes para trucos de magia, ya no nos atraen los juegos, mucho menos las mentiras y la pedantería.
¿Está prestando atención, querido lector?
Que comience el acto…

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A partir de 2021, podés comprar la novela Matilde decide vivir, de Cristian Acevedo.
En formato físico, en todas las librerías del país. Y en ebook, en las plataformas más reconocidas.

Leer Matilde decide vivir

Matilde decide vivir

Muy pronto, vas a hallar aquí las reseñas de la novela Matilde decide vivir, así como los comentarios de los lectores y las entrevistas hechas a Cristian Acevedo.

Matilde decide vivir, al igual que la primera novela de Matilde, promete ser una experiencia única.

Matilde decide vivir – Capítulo 1

Aquí podés leer el primer capítulo de la Matilde decide vivir, tal cual fue editado:

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O podés leer el primer capítulo de Matilde decide vivir en formato de blog, en el texto que sigue:

CAPÍTULO I

Mi nombre es Matilde Vieytes.

Soy escritora.

Eso lo sé.

Escribo esto sentada a la mesa de un típico bar de Palermo, uno de los tantos que se desparraman por la ciudad. No soy la única aquí, por supuesto: hay mucha gente entrando y saliendo, se trata de un bar.

Frente a mi mesa, la ventana de la calle Charcas. Más allá, el bullicio típico de una esquina demasiado transitada.

Me llamo Matilde, eso ya lo dije y de seguro usted ya lo sabía. No puedo precisarle mi edad: intuyo que tengo entre treinta y cuarenta años, aunque me gusta creer que no son más de treinta y tres. No puedo tampoco asegurarle de qué color es mi pelo, ni si tengo pecas o lunares en la cara. No sé si soy alta o petisa, si estoy excedida de peso o si debería subir unos kilos.

Y no es que soy ciega o estoy loca: no ignoro todo esto a causa de alguna patología extraña que no me permite percibirme tal cual soy. El problema es otro, el que algunos de ustedes, queridos lectores, ya conocen: yo, Matilde Vieytes, no soy una persona de carne y hueso. Soy un personaje creado por Omar Weiler —o por Cristian Acevedo—, un escritor que omitió muchos de esos datos en su nefasta y torpe novela.

¡Un personaje!

Eso soy, nada más que ficción, tinta y papel; tipografía Times New Roman a espacio simple en algún archivo de texto.

Yo, Matilde Vieytes, no existo más que entre las encorsetadas paredes de un libro y en el borrador de algún .doc. Sé que a veces tengo un tatuaje en el hombro, a veces una cicatriz, a veces nada. No mucho más.

Pero no tengo que desviarme del asunto que me urge, que no es otro que el de mi supervivencia. Porque, a pesar de no ser una persona igual a usted, querido lector, de alguna forma que no podría precisar, también estoy viva. Y tan viva estoy que en breve me voy a morir. Esta misma semana. En unos días o en algunas páginas, según lo que suceda primero. Así viene ocurriendo desde finales del 2016. Desde entonces, no he parado de morir, no han dejado de asesinarme.

Desde el momento en que Bärenhaus editó la novela de Omar Weiler[2]; es decir: desde que Bärenhaus se convirtió en cómplice, en partícipe necesario de este perverso escritor, yo he muerto y vuelto a la vida, una y otra vez, y así hasta el hartazgo; una muerte tras otra al llegar a la página 115; un Día de la Marmota constante, sólo que sin variaciones, días idénticos siempre, la misma muerte una y otra vez y otra.

Por eso todo este palabrerío. Porque enseguida alguien volverá a abrir esa novela y todo se reiniciará de nuevo, y ya no voy a poder lanzar otra botella al mar, no voy a poder escribirle a usted, querido lector, pidiéndole que me ayude, que evite que vuelvan a matarme, que me acompañe al menos durante los pocos momentos que me quedan antes de mi nueva muerte. Quédese conmigo mientras alguien más se retrasa en llegar a la página 115 de esa novela terrible. Le pido que no me ignore, amigo lector, que no se acostumbre a verme morir. Si no podemos evitar que me maten, al menos déjeme contarle mi historia. Si fue uno de los tantos que leyó Matilde debe morir, usted me lo debe. Este y no otro es el momento de saldar deudas.